NOTAS DE ÚLTIMO MOMENTO

EL AMOR PARA LAS QUE NO SOMOS NIÑAS BIEN

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Por Mariana Valenzuela

Lo reafirmo: eso del amor y la fregada está canijo para las que tenemos más de Megara, Mulán o Pocahontas que de Cenicienta, Bella o Blancanieves.

Estamos acostumbrados a que las princesa modositas, bien portadas, femeninas y delicadas, viven felices para siempre con su Príncipe Azul. La cultura popular encabezada por Disney nos ha enseñado que de la nada llega el amor de su vida (a quien por cierto no habían conocido pero eran meant-to-be) a rescatarlas con un beso o cruzando todo un bosque encantado. Y obvio, es el Príncipe quien batalla. La princesa, como toda niña bien, nomás se dedica a personificar el prototipo de mujer de bien; ya saben: hogareña, tierna y maternal. El que se las ve negras es el pobre Príncipe porque se enfrenta a un montón de obstáculos para llegar a su mentada princesa.

Eso sí: las mujeres que no entran en el prototipo rosa, no son consideradas tan princesas y su camino para encontrar su Príncipe Azul no es tan fácil. De hecho, son ellas quienes se salen de su zona de confort para ir a luchar por sus sueños, entre los que está encontrar a su media naranja (aunque a veces se muestren muy machas y lo nieguen). Lo padre es que por más que batallen, siempre tienen su happy ending.

Lo cierto es que la vida real es muy parecida a lo que nos pinta Disney. No tan exagerada, pero sí. Siempre me he identificado más con Mulán, Megara o Pocahontas, que con las típicas princesas modositas. No estoy diciendo que unas sean mejores ni nada, simplemente mi forma de ser no da para encarnar a Blancanieves, por ejemplo. Me gusta valerme por mí misma, soy terca y luchona. Obviamente también tengo mi lado rosa y muy pero muy cursi que me hace soñar con un Príncipe Azul, pero no me conformo con que estén guapos, sean buena onda o me traten bien. A todos les encuentro un “pero”. No por superficial ni interesada ni nada de eso, sino porque por fin (después de haber besado a chorrocientos sapos) me di cuenta que, como dicen por ahí, “más vale sola que mal acompañada”.

Mis amigas me regañan por ser tan batallosa para elegir hombres. Dicen que me fijo demasiado en detallitos que no valen la pena. “Si sigues así, te vas a quedar sola”, “Te pones mucho los moños; así nunca vas a tener novio” , “Ay, te pasas, ninguno te convence”. Yo digo que no es por mamona ni por ridícula. No estoy esperando un Príncipe Encantador, pero tampoco me voy a quedar con el primero que me trate bonito. No soy de esas tipo Cenicienta o Bella que tienen novio y se pelean todo el tiempo, no están a gusto con ellos, pero ahí siguen. Esa es la cosa con la mayoría de las princesas modositas: sienten que su vida no está completa si no tienen novio, así con título oficial y todo. No saben de lo que se pierden *inserte imagen de Tinder y sonrisas picaronas aquí*. Ni modo, no puedo ser niña bien. #SoryNotSory

Como en las películas, generalmente en la vida real las niñas estilo princesas tienen un imán con los hombres. Les llegan como moscas al pastel, así de una y en montones; todos quieren con ellas. Respiran, sonríen y ya con eso tienen una manada de hombres a su disposición. Son “las más bonitas”, “las más populares”, “las mujeres ideales”. Mientras, a las Mulán y Megara nos ven como “las más compas” o como “las machas”. A ellas las quieren para algo bien mientras a nosotras nos ven como sus mejores amigas o sus jales. Quisiéramos estar entrepiernadas los domingos como nuestras amigas las niñas bien con sus novios, pero como somos solteras, nos toca estar en el cine con uno o con otro, o viendo alguna película con nuestras roomies. Unas cosas por otras. A veces nos entra lo emo y daríamos todo por estar en una relación como de cuento de hadas, pero luego captamos que está cabrón y mejor nos quedamos como estamos (aunque ese gusanito nos vuelve muy seguido).

Entiendan: que seamos extrovertidas y de personalidad fuerte y atrabancada, no quiere decir que no tengamos nuestro corazoncito. El Girl Power no está peleado con lo cursi. Una cosa es ser luchona e independiente y otra muy distinta es no querer tener nuestro “Y vivieron felices para siempre”. Mientras se siga pensando lo contrario, las Cenicientas van a tenerla más fácil que las Mulán en eso del amor y las que no somos niñas bien seguiremos en nuestra besuqueadera de sapos hasta encontrar al valiente que se convierta en nuestro mero mero.

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